Hágase el silencio en los cielos


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Kael [Bio]

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1 Kael [Bio] el Lun Sep 26, 2016 4:04 pm

La lluvia arreciaba y dentro de Las tres ranas el fuego iluminaba una sala donde reinaba un gran silencio, era una quietud extraña, pues la taberna estaba abarrotada, pero pese a la lumbre y calor que irradiaban las llamas una oscuridad cubría el ánimo de todos, que confiaban sus problemas a la cerveza.



Un rayo rompió el cielo y una silueta se recortó en el portal, entró andando sin mucha prisa, esperó en la entrada, lo suficientemente alejado de la lluvia, a que goteara su manto antes de entrar, prefería no mojar toda la taberna ni empapar a nadie si se topaba accidentalmente. Un mozo se acercó y cogió su manto y capucha para llevarlo junto a la lumbre a secar, debajo iba seco excepto por las botas. Se acercó a una mesa vacía y se sentó, las miradas de todos los comensales se centraron de nuevo en sus picheles, durante un momento la atmósfera opresiva había menguado, pero ahora volvía a notarse incluso más intensa.
El hombre habló con el tabernero y después de un intercambio de palabras se levantó y se fue al piso de arriba, allí le esperaba un baño caliente, una cena deliciosa como cualquier cena después de dos jornadas sin comer y una cama blanda.
Al día siguiente la tormenta arreció, bajó a la sale bien entrada la mañana, casi al mediodía, con mucha hambre: de gente, de historias, de canciones y de algo de guiso de conejo.
Recuperados los sentidos después del descanso percibió aquel entorno desesperanzado. Observó el entorno y vio un escenario, una pequeña tarima, con instrumentos encima, pero sin músico, un posadero con ojos tristes y hombres y mujeres con la mirada perdida de aquel que vive por inercia. Conocía esa mirada de su pasado y sabía a qué llevaba. Se propuso actuar.

-Buenos días, señor ¿Qué sucede en este lugar si no es indiscreta mi curiosidad? Como habrá notado soy un viajero y he estado en muchas tabernas y esta es la primera que encuentro sin risas, música o alboroto y, créame, agradecería cualquiera de las tres cosas. La cerveza es excelente y al comida mejor, debería reinar la algarabía.
-Es usted un lince- se mofó el tabernero -no es usted de aquí y su curiosidad no es nada apropiada, preguntando ganará más enemigos que respuestas y bien merecidos serán, pero como se aloja bajo mi techo y es mi obligación de anfitrión ser hospitalario responderé a esa cuestión: no queda en este poblado motivo para estar alegre. Hace tres otoños, después de haber recogido y almacenado gran cantidad de grano, la mejor cosecha que nunca hemos tenido, se presentó aquí un hombre, era grande y fornido, le faltaba un ojo que ocultaba con un parche bajo el que se veía una cicatriz y sin embargo su otro ojo era blanco y parecía que había perdido la luz tiempo atrás.

No se andó con rodeos, nos pidió lo que teníamos, todo. Amenazó con atacar nuestra aldea, contaba con una fuerza de unos 20 hombres, eran pocos, pensamos que podríamos encargarnos de ellos. Nos vencieron y hubo un castigo, 10 de nuestros vecinos amanecieron vivos pero crucificados, nos avisó que no intentáramos liberarlos, era nuestro castigo, pero no hicimos caso y liberamos a los 10. A la mañana siguiente había 20 cruces.
Durante dos años aguantamos su castigo, hace dos semanas intentamos revelarnos. Mucho murieron, la mayoría fueron tomados presos a los que querían vender como esclavos. Se llevaron todo. Los que ves aquí somos los que quedamos, el pueblo está condenado, no tenemos comida más que para unos pocos días más y un forastero se mete en nuestro asuntos.

El tabernero calló dolido por recordar la historia y por haberla verbalizado. Posiblemente ninguno de ellos lo había contado en voz alta, las cosas cambian cuando se dicen, las palabras son poderosas y pronunciarlas puede convertir mentiras en realidad.

-Yo os ayudaré- dijo el forastero con convicción y alegría.

Los ojos de todos los presentes se levantaron, las miradas de incredulidad y esperanza llenaron las caras de todos. Pero fue fugaz, la melancolía volvió a llenar todo el espacio.

-Yo os ayudaré- repitió en voz alta, dirigiéndose a todos -pero no puedo solo, necesito vuestra ayuda-.

Ni caso, se regodeaban en su tristeza y no querían enfrentar la realidad, necesitaban esperanza.

El forastero subió a la tarima, cogió un laúd y empezó a contar una historia, la historia de alguien, tal vez la suya.


Música sugerida:




El poblado de Germa era una villa de Alberia, situada a pocos días de viaje de la capital, no muy grande, pero agradable, estaba entre tres bosques, pero se podía decir que eran los tres el mismo bosque y la villa los separaba, así que era la villa la que estaba dentro del bosque.
Era una villa normal, con unos pocos centenares de habitantes, con pozos, alguna tierra de cultivos, ganado, cazadores, niños y todas aquellas cosas que hacen de un pueblo lo que es, tan solo una característica lo hacía especial, y no era nada extraordinario, solamente se trataba de que era el lugar de reposo de un antiguo héroe de una guerra de tiempos pasados.
Pero no es sobre este héroe la historia, sino de su nieto.




Un niño nació y sin que nadie lo advirtiera, tal vez, por casualidad, también un árbol. Creció hasta los cinco años y lo llevaron a un ritual lillium, los sacerdotes lo ungieron con salvias y dejaron volar al halcón, lanzaron las piedras y escucharon las voces del agua y el viento, danzaron hasta ver a sus ancestros y tomaron las hierbas secretas que permiten ver mejor, siguieron los pasos del jabalí hasta su guarida y dejaron que el bosque decidiera. Cada uno de estos ritos los realizaron tres veces siempre con el mismo resultado. Finalmente preguntaron al niño qué árbol prefería. En todos los rituales había salido siempre lo mismo: acebo. El árbol que guía las vidas de los grandes héroes.

Durante años fue aprendiz de los sacerdotes lillium, aprendió la tradición y la historia, a usar el hieror y el puño, a dañar y sanar y a usar la cabeza antes que el corazón y el corazón completamente si empezaba a hacerlo, a expulsar el mal y a combatirlo y, sobretodo, a convertirlo.

Cierto día, encontró a una niña mientras exploraba el bosque de noche, ella se asustó, se transformó en mitad hombre y mitad lobo. Él no temió, conocía a los tuan dalyr, por las leyendas, alargó la mano con calma y la acarició -está bien, soy amigo- ella se desmayó. Pasaron los días hasta que recobró el conocimiento, explicó que había huido de unos experimentos, de algo llamado Sol negro, solo ella lo había conseguido. Él le prometió protección, el pueblo la aceptó.

Pasaron meses hasta que una máquina llegó donde estaban, era metal y carne, destruía el bosque. La quería a ella. Lucharon, muchos murieron, muchos más de los que quiero recordar. Ganaron, pero en la victoria había derrota.

Reclamaron al rey, pidieron justicia, necesitaban ayuda. Fueron ignorados. El rey no era digno.

-Esa no es la auténtica, yo la conozco, la espada del rey es falsa, tu abuelo portaba la verdadera. Sal, viaje, ve mundo, no olvides lo que has aprendido y la encontrarás en tu momento de mayor necesidad, así es como funcionan estas armas. Se el nuevo rey y haz justicia.

Él salió, tenía una misión y pensaba cumplirla, para ello debía ser digno.




Pasaron muchos días y noches en que el forastero cantó. Finalmente consiguió henchir de esperanza las almas de los aldeanos. Preparó el ataque. Lucharon. Murieron muchos, muchos más vivieron. Vencieron y el pueblo recuperó la paz.

Así como llegó se fue, en silencio, lo único que dejó atrás fueron dos monedas de plata para pagar por la posada.

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